—¡Una mujer! repitió Marenval, muy extrañado de la forma de la frase y del tono en que Tragomer la había dicho. ¿Acaso duda usted que la muerta fuese Lea Peralli?
—Lo dudo.
—Pero, amigo mío, replicó Marenval con viveza, ¿por qué no ha dicho usted eso más pronto? ¿Al cabo de un año viene usted á aventurar una opinión tan extraordinaria? ¿Quién le ha impedido á usted hablar en el momento del proceso?
—En aquella época no tenía las mismas razones que hoy para dudar.
—Pero, ¿cuáles son esas razones? ¡Diablo! ¡Me hace usted saltar con su sangre fría! Cuenta usted cosas que le hacen á uno caerse de espaldas, con el tono de un caballero que está leyendo los carteles de los teatros… ¿Por qué cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado á Lea Peralli?
—Pues, sencillamente, porque Lea Peralli está viva.
Esta vez Marenval se quedó aturdido. Abrió la boca, pero no acertó á articular ningún sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y toda su emoción se tradujo en un movimiento de cabeza y un chasquido de manos, aplicadas con fuerza al borde de la mesa. Pero Tragomer no le dió tiempo para reponerse y añadió en seguida:
—Lea Peralli está viva. La he encontrado en San Francisco, hace tres meses, y justamente porque tuve el convencimiento de que la tenía delante, di por terminado mi viaje y he vuelto á Francia.
El entusiasmo que este relato produjo en Marenval fué más fuerte que su escepticismo. Se levantó, dió la vuelta al comedor y dijo con voz entrecortada:
—¡Increíble! ¡Asombroso! Este Tragomer… Ahora comprendo por qué ha hecho marcharse á los demás… ¡Vaya un escándalo que hubieran armado! ¡Este sí que es asunto!