—¡Adelante! respondió con firmeza la voz de Marenval.

Los dos barcos estaban á cincuenta metros el uno del otro y entre ellos los nadadores, tan próximos á ser presos por sus verdugos como recogidos por sus salvadores.

—¡Alto! rugió de nuevo el vigilante, ú os echo á pique.

—¡Pasad por encima! exclamó Marenval, que se inclinó en la proa, como para dar más autoridad á su orden.

—¡Gahead! gritó el timonel.

El vigilante disparó el revólver contra la lancha y la gorra blanca de Marenval voló al mar atravesada por un balazo. En el mismo instante resonó un crujido formidable. La lancha, lanzada á todo vapor contra la chalupa, la había abierto por enmedio de las bordas. Se oyó un grito y todo se hundió. Sobre las olas se veía solamente la lancha del yate.

—¡Á nosotros! gritó Tragomer levantándose sobre el agua.

En torno de los nadadores aparecían de nuevo luchando con las olas el vigilante y los remeros. En este momento unos brazos vigorosos se tendieron hacia los fugitivos y anhelantes, sofocados, casi sin vida, Cristián y Jacobo fueron izados á la lancha salvadora.

—¡Te kere! dijo el timonel.

Los marineros se echaron al fondo de la lancha. Una lluvia de balas de los canacos de la orilla pasó silbando por el aire. Al mismo tiempo apareció otra chalupa haciendo fuerza de remos hacia el lugar de la lucha.