—Tenía serias razones para no hablar de esa joven. Las comprenderéis cuando os cuente toda mi aventura.
—Un sencillo detalle antes de reanudar tu relación… ¿Cómo era esa
Juana Baud? ¿Alta ó baja, rubia ó morena, de ojos azules ú oscuros?
Haznos su retrato en lo posible.
—Cuando la conocí por primera vez en casa de Lea, era una encantadora muchacha de veinticinco años, de alta estatura, piel muy blanca, hombros, admirables, pelo negro y ojos grises. Formaba con Lea una pareja encantadora, pues tenían la misma estatura, las mismas líneas suntuosas y el mismo vigor. Solamente, Lea era tan rubia como Juana morena. Creo que el efecto extraordinario que ambas producían contribuyó por mucho á su mutua afición, pues estaban orgullosas de ese efecto y trataban de producirle.
—Una pregunta todavía, dijo Tragomer. ¿Lea Peralli no se teñía el cabello?
—Sí. El color rubio á lo Ticiano de su pelo no era natural. Yo no la he conocido sino rubia, pero ella debía ser de color castaño oscuro… Se hacía rizar el pelo, mientras que el de Juana Baud era rizado naturalmente.
—Está bien, dijo Cristián. Puedes continuar.
Se volvió hacia Marenval y añadió con un gesto de satisfacción:
—Ahora sé ya á qué atenerme.
—Permanecí bastante tiempo, prosiguió Jacobo, sin sospechar las razones secretas que aquellas dos mujeres tenían para no separarse. No se mostraban en público, pero yo encontraba continuamente á Juana en casa de Lea y cuando ésta salía sin mí, iba siempre á casa de su amiga. El pretexto para su unión fué el deseo de Juana Baud de recibir de Lea lecciones de dicción italiana, á fin de dejar la opereta y dedicarse á la ópera seria. Para ello empezaron á trabajar formalmente.
No se separaron ya, y yo, distraído por mis ocupaciones, por mis apuros y por mis placeres, no podía imaginar lo que tenía de apasionado la ternura que se dedicaban las dos mujeres. Sorege fué el que me llamó la atención sobre ese asunto. Con su prudencia habitual y por medio de insinuaciones, despertó mis sospechas y me incitó á comprobarlas. Sorege parecía indignado contra ellas, echaba pestes contra tales vicios, que á mí me tenían sin cuidado, y al oirle se hubiera creído que era el amante de una de ellas. Le vi exasperado hasta tal punto, que le pregunté si estaba en relaciones con Juana Baud. Él, entonces, cambió de fisonomía, se dominó y echó el asunto á broma. Lo que me decía, aseguró, era por mí. ¿Qué le importaba á él semejante cosa? Es verdad que no podía ver á las mujeres que tenían tales gustos, pero en aquel caso no veía sino á mí, ni se preocupaba más que por el ridículo que yo pudiera alcanzar. Yo estaba tan desmoralizado por mi mala vida, tan gangrenado de pensamiento y de corazón, que el pensamiento de que Lea me era infiel en condiciones tan inesperadas no me inspiraba repulsión ni cólera.