—¿Es de carácter alegre?
—No; mas bien melancólico.
—¿Y el cabello que enseña en su papel es suyo ó es una peluca? ¿Es realmente morena?
—¡Qué cosas tiene usted! ¿Qué puede importar eso? ¿No lo gustan á usted las mujeres si no son de un color determinado? Con los tintes no se puede hoy saber si una cabellera es natural. ¿Quiere usted saber mi opinión? Pues creo que Jenny es naturalmente morena, pero que debe haberse pintado de rubio en otro tiempo…
—¡Rubia! exclamó muy turbado. ¡Tiene un ligero acento francés y se ha teñido de rubio!
—¡Vamos! querido, ya verá usted cómo todo le sale á pedir de boca:
Jenny resultará, de fijo, una verdadera morena y una falsa americana…
Pero baja el telón. Vamos al escenario, si usted quiere; hablaremos con
la prima donna y la invitaremos á cenar.
—Otro detalle, dije. ¿Cuánto tiempo hace que Jenny viene á América?
—Seguramente, hace tres años.
—¡Tres años! ¿Y con el nombre de Hawkins?—¡Claro está!
Todas mis combinaciones caían por tierra ante aquella afirmación de que la cantante era conocida en san Francisco hacía tres años y con el nombre que llevaba actualmente, ¿Cómo podía haber sido Lea Peralli en París y Jenny Hawkins en América, al mismo tiempo? Lea había pasado un año entero ante mí, hacía dos solamente, en aquel cuarto de la calle Marbeuf donde una mañana se la encontró muerta. Esa doble presencia era inadmisible. La identidad de la americana estaba establecida con claridad y, sin embargo, era la viva imagen de la desgraciada cuya muerte expiaba Jacobo. Una fuerza más poderosa que el razonamiento, que la verosimilitud y que la cordura me oprimía el pensamiento y me repetía á pesar de todo: "Es Lea Peralli".