Se levantó y tomó el sombrero como un visitante próximo á marcharse. Pero en él el último momento era siempre el más importante y la última frase la de más valor.

—¡Ah! Olvidaba decirte el principal objeto de mi visita… Master Julio Harvey da una comida pasado mañana y quiere conseguir que cantes en su casa.

Jenny Hawkins palideció y dijo con voz temblorosa:

—¿Quién encontraré allí? ¿Qué nueva emboscada me prepara usted? ¿Qué atroz prueba quiere hacerme sufrir?

Sorege respondió tranquilamente:

—La última prueba. Después serás dueña de tu destino y no tendrás nada que temer. Hasta podrás prescindir de mi si eso te agrada. Así habrás probado á Tragomer y á Marenval que eres Jenny Hawkins y que nunca serás para ellos sino Jenny Hawkins. ¿No vale la pena de arriesgar el golpe? Sé firme y yo te probaré que soy el hombre que te he dejado suponer. ¿Vendrás? Tengo que dar una respuesta á mi suegro y sobre todo á mi futura, que arde en deseos de conocerte. En su entusiasmo á la francesa, pretende que eres asombrosa… Asómbrala más de lo que espera, querida amiga, y harás acto de justicia.

Sorege reía y Lea estaba asombrada de su audacia. Pero eso mismo le inspiró confianza.

—Está bien, dijo. Iré.

—Perfectamente. Voy de paso á encargar el brazalete que master Harvey te va á ofrecer. Mi hombre es galante, aunque pastor, y se permite gastar quinientas libras en adornar con perlas el brazo de Jenny Hawkins. Hasta la noche, pues.

Atrajo á sí la cantante, le dió un beso fraternal en la frente y salió silenciosamente con su paso misterioso. Cuando desapareció, Lea se dejó caer desesperada en una butaca.