—Tragomer y yo vamos á reunirnos con ella ahora mismo, si usted lo permite, dijo Marenval.
Sorege levantó la cabeza pero no siguió á sus compatriotas. Su plan de conducta debía estar bien adaptado y no era él hombre de variarlo. Hasta que llegase Jenny no había nada que temer y podía tomar respiro y reservar sus medios de acción para cuando le hiciera falta emplearlos. Marenval y Cristián atravesaron un invernadero lleno de las más hermosas plantas tropicales y refrescado por una fuente de mármol de la que corría un agua cristalina, y entraron en el salón, donde la señoras en traje de baile, ofrecían un hermoso cuadro agrupadas en torno de miss Maud.
Algunas jóvenes americanas de frescas carnes, barbilla un poco gruesa, cabello rubio, anchos hombros y largos talles, conversaban en un inglés silbado y gutural. Su conversación se refería á la cantante cuya presencia estaba anunciada y que ofrecía á los invitados de Harvey un atractivo poco ordinario. Algunas la habían oído en América, otras la habían aplaudido recientemente en Covent-Garden, y todas la conocían, pero ninguna la había visto de cerca y su reputación de artista así como su belleza de mujer hacían que su presentación fuese un verdadero acontecimiento.
Marenval y Tragomer fueron acogidos favorablemente. Aquellos franceses viajeros, ricos y amables, eran simpáticos en la sociedad americana de Julio Harvey que hasta se sentía dispuesta á perdonarles la inferioridad de no ser de raza anglosajona, lo que no era floja prueba de benevolencia. Miss Gower estaba contando una visita que había hecho la semana anterior á la Patti en su castillo de Craig-y-Nos, y tenía suspensa la atención del auditorio.
—Figúrense ustedes que hay allí un teatro en el que se pueden representar óperas enteras. Hace poco tiempo se puso en escena un baile en que la gran cantante hizo en mímica el principal papel…
—Para eso es excusado tener la más hermosa voz del mundo.
—No se puede imaginar el lujo de aquella casa. Los invitados tienen á su disposición caballos de montar y coches. Los que quieren pescar, tienen un río y un lago; los que prefieren la caza pueden cazar en los bosques ó en la llanura… ¡Aquel es un boato real!
—En nuestro siglo los artistas son los reyes del universo. Á esos no se les destrona, ni se les arroja á tiros, ni se les insulta en los periódicos. En cambio no hay gracias que no se les prodiguen, ni homenajes que no se les rindan, ni elogios que no se les tributen. Sus listas civiles no son discutidas. Cuando envejecen, se les honra y cuando mueren se les hacen funerales solemnes. ¿Y qué dan ellos en cambio de todo eso?
Una voz irónica respondió:
—¡Casi nada: su genio!