Tragomer eligió aquel momento para levantarse y saludar á la cantante. Jenny le vió aproximarse y un escalofrío recorrió sus carnes satinadas, pero no volvió siquiera la cabeza. Solamente al oirle dirigirle la palabra en inglés, hizo un movimiento de sorpresa tan perfectamente ejecutado, que Cristián se quedó lleno de admiración.
—¡Ah! ¿El señor de Tragomer, creo? dijo.
Le ofreció la mano, que él estrechó, y con una soberbia tranquilidad y voz tranquila y pura, prosiguió:
—Hemos corrido bien los dos desde la noche en que nos conocimos…
—Usted ha obtenido nuevos triunfos, dijo Tragomer.
—Y usted hecho nuevas exploraciones. ¿Ha sido usted dichoso en sus descubrimientos?
Aquella frase de doble sentido fué dicha con tan fina ironía, que Cristián tembló. ¿Qué garantías de seguridad tendría aquella mujer para burlarse así de él y en aquellas circunstancias? Pero pensó que acaso intentaba intimidarle, y respondió:
—Pienso hacer á usted juez de esos descubrimientos, si es que le interesan.
—Á no dudar.
Hizo un saludo con la cabeza al joven y se dirigió al piano, acompañada por miss Harvey. Sorege fué á sentarse al lado de la chimenea y con los ojos cerrados pareció absorberse en una atención religiosa, pero no perdía de vista á la cantante. Se produjo un profundo silencio, el pianista preludió y Jenny Hawkins, como para acentuar el desafío lanzado á Tragomer, cantó el Ave María de Otello, que el joven había oído en San Francisco, en aquella velada memorable. La cantante detalló deliciosamente las angustias y las súplicas de Desdémona. Su pura y hermosa voz parecía haber ganado en flexibilidad y en extensión. Un murmullo de placer partió de la concurrencia y los invitados de Harvey, sin miedo de cometer una falta de distinción, aplaudieron con entusiasmo. Hasta los mismos cow boys, dominados por el encanto de la inspiración y estupefactos ante las sensaciones que experimentaban, desistieron de marcharse al salón de fumar, como habían proyectado.