Hizo un gesto de altanero desprecio y añadió:
—¡Pero estoy loca! Todo ese falso brillo no vale nada para sentir perderlo.
Mostró á Jacobo la ventana, ya blanqueada por el alba, y con una sonrisa en la que apareció toda su antigua gracia, dijo:
—¡Me perdonarás, Jacobo! ¿Verdad?
Jacobo quiso responder, pero ella le impuso silencio.
—No. No digas nada. Espera á esta noche… ¡Adiós!
Le condujo hasta la puerta y en la oscuridad del vestíbulo Jacobo sintió el brazo de Lea que le rozaba con suavidad como para guiarle; un seno palpitante se apoyó contra su pecho y, sin que él pudiera defenderse, una boca, que mordía dulcemente, se posó en sus labios. El joven se estremeció y rechazó aquel fantasma del amor desaparecido. Oyó un doloroso suspiro; la puerta se abrió y se cerró tras él. Y la escalera le mostró su espacio vacío…
XII
Cuando Sorege volvió á su hotel después de la terrible velada en que Jacobo se apareció para confundirle, se sumió en una profunda meditación. No era hombre de perder el tiempo en sentimentalismos é iba siempre derecho á su objeto. Toda la cuestión para él era saber lo que podía temer ó esperar de Lea y hasta qué punto la cantante daría armas á Jacobo contra él.
No podía dudar que Lea le odiaba; se lo había dicho y repetido mil veces y, aun el día antes su furor por tenerle que sufrir se había roto en violencias y en injurias que le hacían aquella mujer más deseable. Era de esos monstruos á quienes gusta oir los gritos de su víctima y que se deleitan viendo lágrimas. El amor en él tenía un fondo de crueldad. Deseaba á Lea, pero la execraba y sujetándola á sus caprichos, se daba el placer de degradarla.