—¿Qué influencia cree usted que han podido tener en la conducta de
Jacobo los amigos que le rodeaban?

—¡Oh! señor, eso es muy difícil juzgarlo. El señorito estaba en condiciones muy especiales. Vivía en casa de su madre, viuda, y tenía en casa una señorita joven. No podía, por tanto, recibir aquí mucha gente y, exceptuando el señor Tragomer y el señor de Sorege, no conocíamos á sus amigos. Á los demás los veía en el círculo, en el teatro, en las carreras, en sociedad. Bien sabe usted que él iba á todas partes, que todo el mundo le invitaba y que él no se hacía rogar cuando se trataba de reír y de divertirse. Era muy vehemente, ¡Oh! Demasiado… y toda esa locura que le ha perdido, era heredada de su padre. ¡El difunto señor de Freneuse era terrible! Usted le ha conocido en sus últimos años. ¡Ah! señor, se puede decir que la pobre señora no ha tenido grandes atractivos en la vida. Si la señorita María, que es una santa, no la hubiera compensado con su dulzura y su amabilidad, la señora hubiera sido una verdadera mártir.

Marenval volvió suavemente al asunto que le preocupaba.

—No le pregunto á usted nada sobre el señor Tragomer; éste no tiene nada oculto para mi y me parece enteramente recomendable. Pero quisiera saber la opinión de usted acerca del señor de Sorege.

Giraud vaciló un instante; pero había prometido decir lo que pensaba y cumplió su palabra:

—Con el respeto debido, señor, diré á usted que ese es un canalla.

—¿En qué se funda usted para tratarle tan duramente? preguntó Marenval, algo extrañado por aquella vehemencia.

—En nada, señor. Nunca le he visto cometer una acción reprensible ni decir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla.

—Pero, en fin, Giraud, ¿por qué es usted tan severo con ese joven que, según usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio?

—Es un instinto, señor, y eso no se discute. Hay en la calle de al lado un estanco al que yo iba todos los días, desde hace diez años, á comprar mi paquete de rapé. Nunca pude acostumbrarme á la cara de aquel estanquero, y siempre que intentaba darme la mano, retiraba yo la mía. Sin embargo, todo el mundo le estimaba y estaba muy bien visto en el barrio. Pues bien, señor, hace tres meses, el tal se ha fugado con los fondos del gobierno y los del propietario del estanco y se han descubierto horrores. En el barrio fué general el asombro al ver que un hombre, al parecer, tan honrado era un despreciable tunante. El señor me creerá, si quiere; pero es la verdad que con el señor de Sorege me sucede lo mismo que con el estanquero. Se ha mostrado siempre bien educado, hasta afable conmigo, pero había en su cara un no sé qué que me repelía y que me hace decir sin vacilar: ese hombre es un canalla y se verá el día menos pensado.