—¡Se escurre como un macarrón, este tipo!
—¡Qué cursi es eso! ¡Pues no se ocupa de la magistratura!…
—¡Oye! Pide una plaza de fiscal…
—¡Sois todos unos idiotas! exclamo Maugirón aprovechando un momento de calma.
—¡Qué grosero! dijo Marieta de Fontenoy. Oíd, debíamos marcharnos y dejarle solo.
—Marenval, ¿por qué nos invitas á comer con personas que tienen conversaciones serias á los postres? preguntó la linda Lucía Pithiviers.
—Mira, ahí tienes á Tragomer, dijo Lorenza Margillier á Maugirón, que escuchaba impasible todos esos apóstrofes. Ahí tienes un guapo muchacho que no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir cosas agradables. Tengo un capricho por él, y si él quiere te planto, para enseñarte á hacer conferencias.
—¡Digo, digo! exclamó Maugirón; ahí tienes un buen negocio, Tragomer, y yo también. Lorenza me quiere dejar por ti… No vaciles, amigo mío, tómala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de mi desesperación. Pero, ante todo, dinos qué opinas sobre los errores judiciales.
—¡Oh! basta… ¡Pues no vuelve á empezar! ¡Esta chiflado! ¡Al ateneo!
¡Hacedle tragar la servilleta!
Todas estas interrupciones surgían de un coro de carcajadas, mientras, el convidado á quien se había dirigido Maugirón permanecía silencioso é impasible. Era el tal un hombre como de treinta años, alto, fornido, de cabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magníficos ojos azules. Su boca se dibujaba grave bajo un oscuro bigote y su barbilla afeitada ofrecía todos los caracteres de la firmeza, casi de la obstinación. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcada por admirables sinuosidades en las que se revelaban las facultades de reflexión y de imaginación. Al verle de pronto serio y un poco sombrío, la animación de los convidados se enfrió súbitamente. El viejo Chambol, amigo inseparable de Marenval, interrogó con una especie de inquietud al joven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegría de aquella comida.