—Á no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse.
Marenval hizo oir una especie de silbido que le servía habitualmente para expresar sus dudas.
—Sí, pero, vaya usted á buscarle. ¡Está lejos!
—¡Bah! dijo Tragomer; veinte días de travesía en un barco que ande regularmente.
Marenval hizo un movimiento de asombro.
—¡Qué! ¿Piensa usted ir á la Nueva Caledonia?
El bretón miró tranquilamente á Cipriano.
—¿Por qué no, si fuera preciso?
El antiguo comerciante dirigió una mirada de terror á su asociado y pensó: "¡Dios mío, en qué berenjenal me he metido! Este hombre es terrible y no retrocederá por nada. Habla de ir á la Numea como de tomar el tren para Marsella. Se planta en los antípodas con una facilidad increíble… Pero ¿y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozar de la vida? ¿Estoy loco?"
Cristián no le dejó tiempo de concluir.