—Usted debía tratar de saber quién es Jenny Hawkins, de dónde viene, qué hace. Y acaso fuera también conveniente que hablase con algún magistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial. ¿Conoce usted al fiscal del Supremo?
—No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesín, es fiscal. Vesín es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Le he conocido niño y me quiere mucho. Iré á verle.
—Es lo mejor.
Marenval tuvo un momento de vacilación y luego preguntó:
—¿Está usted satisfecho de mí?
—Asombrado, sencillamente. No lo hubiera creído capaz de tal denuedo. Yo había pensado: Marenval ha entrado en campaña en seguida porque tiene un alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamente se ha exaltado, pero eso no durará. Á las primeras dificultades retrocederá y me dejará continuar solo mi camino. Porque soy testarudo y estoy decidido á salirme solo con mi empeño. No admito que una empresa comenzada se quede sin terminar, á menos que no se demuestre que es imposible. Pero usted no sólo no ha retrocedido sino que acepta todas las dificultades con la calma de un hombre resuelto. Su valor de usted es extraordinario.
Marenval bajó la cabeza.
—No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, en el fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente á fuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hay riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegaré á dominarla por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo, no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber confiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si es preciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.
Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquí uno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser tímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo que pensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto le juzgaba digno de estima.
—Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en el pequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro plan para mañana.