Clementina había vuelto á ponerse dura y arisca y acabó de desagradar definitivamente á Fortunato, el cual, creyendo necesario quemar sus naves y cortarse por completo la retirada, dijo en tono muy dulce:
—La consecuencia que tocaré, querida prima, será verte tomar mi parte en la herencia; tómala, pues: creo que no es un precio muy elevado para la libertad.
Acababa de hacer oir á Clementina las palabras más crueles que pudiera esperar de él. Su cara se descompuso y levantando una mano trémula á la altura de la cabeza de Fortunato, respondió:
—Está bien; usted se arrepentirá toda su vida de lo que acaba de contestarme. Desde hoy le considero á usted como mi más mortal enemigo.
Esperaba, acaso, en un arrepentimiento causado por la inquietud; pero había escogido el peor de los medios para atraer á Roussel, que no replicó; hizo una inclinación de cabeza; abrió la puerta á su prima y cuando la vió en la escalera, volvió á entrar en su casa, encendió de nuevo la pipa y continuó la lectura del correo de la tarde.
Sin embargo, no debía quedar tranquilo después de esta salida amenazadora y muy pronto pudo darse cuenta de que Clementina, fuera de su casa, era todavía más formidable. La señorita Guichard empezó una guerra sorda contra aquel á quien odiaba con todas las fuerzas de su amor engañado. Desde luego, como había que explicar el rompimiento á las personas de su intimidad y esta explicación, dada por Clementina, tenía que serle favorable y perjudicial, por tanto, para Roussel, la dulce prima dió á entender que había descubierto en su primo cierto vicio que le infundía temores por su tranquilidad en el porvenir. Y como se hubiesen manifestado dudas, no exentas de curiosidad, había declarado que la temperancia de Fortunato dejaba que desear. No hacía falta más para que se esparciese el rumor de que aquel perfecto caballero, que parecía tan sobrio y arreglado, bebía y volvía á su casa en situación de necesitar, para subir la escalera, la intervención de su criado y de su portero.
Estos rumores llegaron á oídos de Roussel, que empezó por encolerizarse, pero después tomó el partido de reirse de ellos, contando con que la gente que le conociese no daría crédito á tan ridícula especie. Pero si la credulidad pública rechaza con fastidio lo que redunda en ventaja del prójimo, acepta con apresuramiento lo que viene en su perjuicio. Decid á cualquiera: "Parece que Fulano ha hecho una buena obra ó realizado una hermosa acción," y ese cualquiera os responderá con aire contrito: ¡Puede!... Decidle, en cambio, que Fulano ha robado en el juego ó cometido estafas y exclamará en tono de triunfo "¡Ah; eso era de esperar!"
En seis semanas, Roussel pasó por un borracho. Tenía hacía diez años una cocinera que le daba de comer á su gusto y Clementina se la llevó, á fuerza de dinero, y cuando sus amigos la felicitaban por su delicada cocina, ella respondía: "¿Qué quiere usted? No ha podido permanecer en casa de Roussel, porque no pagaba jamás sus gastos. Había veces que le tenía adelantados cuatro ó cinco mil francos, y cuando era absolutamente indispensable entregar dinero, gritaba hasta el punto de hacer necesaria la presencia del juez de paz. Entre nosotros, creo que los negocios de Fortunato van bastante mal."
El primo de la señorita Guichard perdía clientes que habían oído decir que Roussel podía muy bien "faltar" cualquiera mañana. Para desmentir esos funestos rumores, no hizo, durante dos años, más que negociaciones al contado.
Tenía en Montretout, enfrente del bosque de Bolonia, una casa de campo encantadora, en la que sostenía un maravilloso lujo de flores. Sus estufas estaban colocadas en condiciones tales que recibían el sol y la luz desde por la mañana, gracias á un gran solar, no edificado, que las separaba de las propiedades próximas. Ya Roussel había querido comprar ese terreno para plantar legumbres, pero el propietario no había accedido nunca á vendérsele. Por qué maniobras obtuvo éxito la señorita Guichard donde su primo había fracasado, nadie pudo saberlo; pero una mañana vió Fortunato unos contratistas y después una cuadrilla de albañiles que se instalaban en el solar y elevaban una tapia que le quitaba la luz. Fué preciso cambiar de sitio las estufas, que ya no produjeron frutos ni flores tan buenos como antes. En una palabra, en todo y por todo Clementina se ingenió para atormentar, molestar y vejar al que se había empeñado en permanecer soltero.