—¿Por qué te ocupas en lo que no te concierne? Vuélvete á nuestras habitaciones, tu sitio no es este.

Herminia, extrañada por este repentino cambio, dirigió una última mirada al enfermo y abriendo la puerta, salió de la habitación.

En cuanto se vió sola, la señorita Guichard se apoderó de la jaquette de su huésped, la registró con mano febril, descubrió una cartera, la abrió y tomando una tarjeta, leyó: Mauricio Aubry. Dejó la cartera sobre la chimenea y sombría, con la carta en la mano, se sentó, reflexionando profundamente en el concurso singular de circunstancias que conducía bajo su techo al hijo del que ella odiaba implacablemente. Poco á poco su vista cayó sobre la hoja de papel cubierta con la letra aborrecida y leyó maquinalmente:

"Querido hijo mío; mi viaje empieza bien. Los créditos que he venido á realizar...." Aquí Clementina saltó algunos renglones pues los negocios de Roussel le parecieron insignificantes.... "No estaré de vuelta antes de tres semanas y Dios sabe si voy á echarte de menos durante ese tiempo, ingrato, por no haber querido acompañarme.... Afirmas que Inglaterra no es un país artístico.... Si vieras qué interesantes son estos centros manufactureros de Manchester y Birmingham ... en ellos se toma el pulso de la actividad de un país...." ¡Espíritu prosaico y mercantil! murmuró Clementina.... "La Escocia es una maravilla.... He de traerte aquí y verás hasta qué punto eran erróneas tus ideas. Cuídate bien, porque sabes que no tengo más que á ti en el mundo y que si tú me faltases, todo habría acabado para tu viejo amigo...."

La carta se deslizó de los dedos de Clementina y cayó sobre la alfombra. Aquella mujer reflexionaba. Los veinte años que acababan de transcurrir acudían á su memoria llenos de malos procederes, de acciones pérfidas, imaginadas por ella para atormentar á Roussel, y ante la afección, tan sencillamente expresada, que éste experimentaba por aquel joven, la solterona comprendía porqué sus venganzas habían resultado infructuosas y que si sus artimañas no habían producido efecto, era porque el corazón de su enemigo no ofrecía más que un punto vulnerable. No habiendo asestado sus tiros contra ese punto, no le había herido jamás seriamente.

Y este niño, que lo era todo para su enemigo, según él mismo declaraba, estaba allí, á su disposición.... Adoptó una actitud terrible ante el lecho, como si quisiera aniquilar aquellos rehenes que la casualidad le había entregado, pero se contuvo. Mauricio acababa de arrojar un profundo suspiro y había abierto los ojos. Paseó enderredor una mirada turbada, se incorporó sobre el codo derecho y dijo con voz débil:

—¡Ah! es usted, señora, la que me ha recogido, cuidado, salvado....

—Usted no ha estado en peligro..., interrumpió secamente Clementina, como si no quisiera haber contraído tales méritos respecto del hijo de su enemigo.

—¡No importa! Estoy sumamente agradecido....

La solterona hizo un gesto que significaba: "Como usted guste", ó "No hay de qué," y dijo: