Esta disculpa en favor de su tutor alivió á Mauricio, que hacía un momento se estaba haciendo aliado de Clementina y no bastante defensor de su padre adoptivo. Clementina decía:
—Usted juzgará de mi emoción cuando esta carta caída de su bolsillo y que está firmada por el señor Roussel, me reveló quién era usted....
—¿Luego usted me conocía? preguntó ligeramente Mauricio.
—La naciente celebridad de usted no me permitía ignorar su nombre.
—El pintor se inclinó ruborizándose.
—Lo poco que yo valgo se lo debo al señor Roussel.
—¡Tiene tanto gusto y tan admirable inteligencia! exclamó Clementina con una admirable hipocresía. ¡Ah, señor! Era muy seductor, cuando joven; ¿cómo no había de agradar? Yo no quiero que mi sobrina sea tan desgraciada como yo ... Ahora que nos hemos explicado, no vuelva usted más, caballero ... Todo nos separa....
—Pero, señorita ... dijo Mauricio en tono de protesta y muy molestado.
—¡Oh! no se defienda usted ... Es encantadora y sé lo que usted piensa de ella. Les escuchaba hace un momento cuando usted la hablaba al pie del terraplén. Todas las dulzuras que usted la dedicaba me recordaban los artificios en que yo misma me dejé coger!... Si usted ama á Herminia, pierde el cariño de su tutor ... Vea, pues, si no es mejor que no vuelva usted jamás....
—Déjeme usted al menos hablarle ... explicarle.... dijo Mauricio con calor, sin observar que, muy diestramente, le acababan de entregar Herminia.