—¿Yo? ¡El pobre muchacho! ¿No está todo arreglado á pedir de boca, gracias á su pequeña añagaza? Entonces, él veía á su tutor....

—Casi todos los días....

—¿Y se ponían de acuerdo sobre lo que convenía decir y hacer?

—¿No han maniobrado bien?

—Maravillosamente. Debo, en realidad, mucho al uno y al otro por lo que han hecho y dicho, pero toda vez que estaba en el programa que yo no supiera nada, supongamos que nada sé todavía. No digas una palabra, ni á Mauricio, de tu amable y afectuosa confidencia. Yo continuaré aparentando que no estoy al corriente de la verdad.

—Si, tía mía. Pero déjeme usted que la abrace para demostrarle mi agradecimiento por haber sido tan buena. Gracias á usted, vamos todos á ser muy dichosos.

—Ahí vuelve Mauricio, dijo la señorita Guichard, mirando por la ventana; ve á su encuentro. Yo vuelvo al salón.

Herminia bajó al jardín y Clementina quedó sola.