La bella Zaida no estaba con menos pena y cuidado que su galán, deseosa de hablarle, y darle cuenta de lo que sus padres tenían tratado; y así salió al balcón, y vio al valeroso Zaide que se andaba paseando solo, con un semblante triste y melancólico, y alzando los ojos al balcón; y viendo a la hermosa Zaida tan gallarda y bizarra, se le quitó luego todo su mal, y llegándose al balcón temeroso habló a su mora de esta manera:

—Dime, bella Zaida, ¿es verdad esto que se dice, que tu padre te casa? Si es verdad, dímelo, no me lo encubras, ni me traigas suspenso; porque si es verdad, vive Alá que tengo de matar al moro que te pretende, para que no goce de mi gloria.

La hermosa Zaida le respondió (los ojos muy llenos de lágrimas):

—Así me parece, Zaide, que mi padre me casa: consuélate, y busca otra mora a quien servir, que por tu gran valor no te faltará; ya es tiempo que nuestros amores tengan fin: el cielo sabe las pesadumbres que por tu causa he tenido con mi padre.

—¡Oh cruel! —respondió el moro—, ¿es pues esa la palabra que me tienes dada de ser mía hasta la muerte?

—Vete, Zaide —dijo la mora—, porque viene mi madre buscándome, y así ten paciencia.

Diciendo esto se quitó del balcón llorando, quedando el valeroso moro confuso, sin saber lo que determinar para alivio de su pena; y determinando de no dejar su pretensión sin perder la escaramuza de su pensamiento, desocupó el puesto, dejando allí el alma.

Por esto que le pasó a Zaide con su mora, se dijo este romance:

Por la calle de su dama

paseándose anda Zaide,