—Grande ha sido, señora, la batalla de los Abencerrajes y Zegríes, y desdichada la muerte de Mahomad Zegrí; pero yo os certifico, señora de mi libertad, que es más la guerra que en mi alma y pensamiento hacen vuestra beldad y hermosura: muerto me han vuestros ojos de amor, mi pecho se abrasa, y arde en amorosa llama; si no acudís al remedio, sin duda moriré: recibidme en vuestro servicio, señora, y no seáis ingrata a mi amorosa voluntad.
Galiana estuvo atenta a las discretas razones del aficionado y gallardo moro, y en extremo holgó de ver tantas muestras en su querido Sarracino, porque ya labraba amor dentro de su pecho, y le estimaba y quería tiernamente, y así con alegría le respondió:
—No es de nuevo, galán Sarracino, en los hombres aficionarse a las damas a primeras vistas y de ligero, y los primeros días tienen algún fervor y fe, y algún cuidado de visitar sus damas, y pasearles las calles. Aquesto hacen por obligar a las damas, y dura en ellos entretanto que ellas se rinden, y se manifiestan por suyas; y en siendo señores de su libertad, en ese punto cesa el cuidado y la solicitud, y aun vienen a olvidar y aborrecer sin causa; y así las damas que vivimos libres, no habíamos de dar crédito a vuestras palabras y promesas.
Sarracino respondió:
—Juro por Mahoma, y él me falte, si yo faltare jamás en serviros, quereros y adoraros, y a fe de caballero de ser muy fiel y leal mientras viviere.
—Bien entendido —dijo Galiana— que un caballero tan principal como vos cumpliréis vuestra palabra, como quien sois, sabed, que me he de ir a Almería, porque se me acaba la licencia que me dio mi padre, y así habré de partirme de Granada; y antes de irme, holgaré de hablaros más despacio, y sea esta noche a hora conveniente, y con mucho secreto os poned debajo de este balcón, y podremos hablar con más quietud que ahora; y con esto os id con Alá, antes que el rey lo entienda.
El favorecido moro se ausentó de los ojos que daban vista a los suyos, y muy ufano y contento, por verse tan favorecido y regalado de la dama más hermosa y libre de amor que se conocía. Cien mil siglos le parecía cada hora de las que faltaban hasta la dichosa hora que esperaba.
Habiendo acabado Febo su curso, y empezado Tetis a tender la tiniebla oscura, que no lo era para el enamorado moro, se fue a palacio, prevenido de armas defensivas y ofensivas para lo que se ofreciera; y a la una, cuando todos de ordinario reposan, se acercó al balcón de su señora Galiana, y escuchando, oyó tocar un laúd muy acordado, y una tierna y delicada voz, que al son del instrumento cantaba con gran suavidad, y mostraba en sus acentos estar herida y lastimada de amor, según las pausas que hacía, y suspiros que daba.
El gallardo moro estuvo atento a la dulce música y suave voz, y al sentido de la dolorosa canción, que dice así:
CANCIÓN.