El Paris moral, del cual se ocupan muy poco los que le visitan una vez, es un Paris sombrío y terrible, digno de ser estudiado por un filósofo que pretenda conocer el porvenir de un pueblo.
La sociedad francesa, merced á su educacion materialista, apénas cree otra cosa que en los goces materiales, que son como si dijéramos su dogma. Como el dinero sea el objeto del culto, la sociedad francesa, y en especial la de Paris, es presa del lucro, de la ganancia fácil, inmediata, sea ó no moral.
La fuente de la riqueza es el trabajo: fuera de él se busca en Paris y se adquiere con los auxiliares que se ofrecen, ora la prostitucion ora el vicio. Los hombres, las mujeres, corren desatentados en confuso torbellino en busca del dinero, y un vértigo les empuja, una sed hidrópica de oro los consume.
Así se encuentran otros muchos pueblos de Europa, próximos á un tempestuoso desquiciamiento que necesariamente ha de traer el agio de las bolsas. El feudalismo del dinero pesa hoy sobre los pueblos, mas terrible aun que el de la edad media; este oprimia á nombre de ciertos principios, que aunque ridículos, tenian algo de noble y de grande en la forma; el de nuestros dias es miserable y torpe, no tiene mas lema ni escudo que el dinero, que es su religion, su política, su moral, su blason, todo: el dinero, y nada mas que el dinero. Con él oprimen á las sociedades, imponen la ley á los gobiernos, hacen imposible la libertad: una docena de banqueros judíos presta dinero á todos los gobiernos de la cristiana Europa; dan la ley á todas las bolsas, favorecen y estimulan la ambicion del dinero, á cualquier precio adquirido. La fiebre del oro encenaga las fuentes de la moralidad pública, y esclaviza á los pueblos, porque un pueblo corrompido no puede llegar á ser libre: sustituyen á Dios con el dinero, al que se da culto público en todas partes y en especial en sus templos-bolsas.
La revolucion, el dia en que pida cuentas, demolerá hasta en sus cimientos las bolsas, y hará imposible el reinado del oro, el mas miserable de todos.
Volviendo á Paris, del que una digresion casi involuntaria me ha separado, en la capital de Francia, es donde recibe mas culto que en parte alguna del mundo el dinero; allí se santifican todos los medios para adquirirlo, allí ese ardiente deseo habita los corazones, allí es absolutamente necesario adquirir dinero, y el que no lo alcanza es considerado como hombre sin talento, ¡es horroroso!
La sociedad francesa corre presurosa á un abismo. Un gobierno que fecunde los manantiales de la moralidad pública con buenas leyes y con ejemplos, que mate el agio, que ennoblezca el trabajo, que predique la augusta santidad de las modestas fortunas del pueblo, noblemente adquiridas con el sudor de la frente, detendria quizá la catástrofe que nos amenaza.
Un gobierno libre conoce, interviene, examina todo, se da trasparencia á los actos todos; la discusion y la publicidad libérrimas matan esas secretas miserias que componen la vida de los agiotistas; con un gobierno libre, se pregonan y anatematizan todas las concusiones; la libertad ocupa los ánimos en cosas elevadas, hace vivir á los ciudadanos en una esfera de aspiraciones nobles, de sentimientos grandes.
Al estudiar las estadísticas se ve que la corrupcion se propaga rápidamente en Paris, y á la manera de una asquerosa lepra, que amenaza consumir el cuerpo social. En Paris apénas existe la familia, y sin esta la sociedad no es posible: los hoteles y los restaurants son los que reunen en su mayor parte á los habitantes de la capital á la hora de la comida: una gran parte de la poblacion de Paris come todo el año fuera de su casa, y careciendo de hogar, santuario de las afecciones, se disuelve en la calle.
Puede asegurarse que casi la mitad de la poblacion de Paris come fuera de su casa todo el año.