Cuando por la intensidad del fuego comprendió que ya nada ni nadie podría salvarla, el viejo marinero dejó de remar; quitó los remos y los dejó sobre los bancos. La Carlota, que navegaba perezosamente á causa de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los remos... ¡ella, que siempre navegó rápida y gallarda con la vela!, se detuvo casi instantáneamente.

—Ahora nosotros, todos los que quedamos, á un tiempo—murmuró el señor Jaime.

Con un pedazo de cuerda ató los remos fuertemente á uno de los bancos; después, con otra cuerda, ató sus pies al palo de la lancha. Miró nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas empezaba á decrecer por falta de combustible, sacó el cuchillo de la faja, y, arrodillándose, empezó á quitar madera de junto á la quilla, con la afilada punta.

Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna á su paso. Allá, á lo lejos, se veían las llamas que consumían los restos de la casuca; algunos vecinos se movían junto á ella, como sombras proyectadas por una linterna mágica.

El señor Jaime trabajaba con afán, y, por fin, el agua empezó á penetrar en la lancha: poco á poco, primero; más rápidamente, después.

El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruzó las manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclamó con voz entrecortada por los sollozos:—«Al fin vamos á reunirnos de nuevo.»

El agua, precipitándose por encima de las bordas de la Carlota, hundió á ésta rápidamente, ahogando las últimas palabras del infeliz pescador.

Bajo las aguas sintióse al desgraciado agitarse desesperadamente durante unos segundos; después... ¡nada!... El agua recobró su alterada tranquilidad...

El fuego habíase ya extinguido... La luna, horrorizada, negó su luz al terrible cuadro, ocultándose tras un negro nubarrón...