—Es que... verás... es una cosa un poco seria... ¿Por qué pones esa cara de risa?... ¿Es que yo no te puedo hablar de cosas serias?

—Sí, chiquilla... ¿por qué no? Tus diez y ocho años no son muy á propósito que digamos para tener cosas serias de que tratar; pero valga, en cambio, que, á pesar de ser tan joven, eres muchacha de talento, y, por lo tanto... ¡quién sabe las cosas serias que se te pueden ocurrir en tus pocos años!

Y al mismo tiempo que así hablaba, Don Sebastián, que éste era el nombre del tío, miraba amorosamente á su sobrina, acariciándola las manos suavemente.

—Gracias, tío, por tus alabanzas.

—No hay de qué, Clotilde. En el corazón, sales á tu difunto padre, mi pobre hermano, que en gloria esté.

—Vamos, ¿quieres dejarte ya de floreos?

—Carácter alegre, sano juicio, gran bondad de corazón, tacto exquisito para tratar á las gentes...

—¿Me vas á dejar hablar? ¿sí ó no?

—Habla todo lo que quieras; ya sabes que yo no hago más que todo lo que tú quieres.