En la parte interior pudiera decirse que el lujo agotó sus tesoros y dijo su última palabra.
Al teatro que yo asistí mayor número de veces y con el que hice más amplio conocimiento, fué el Teatro de California.
El gran salon de este teatro forma perfecto semicírculo. El patio se divide en tres secciones, una en que está colocada la grande orquesta, cerca del proscenio, separada del público por un gran corredor de fierro: la segunda, las que llamamos nosotros lunetas, ó silloncitos de tafilete ó terciopelo con asientos movibles, para facilitar los tránsitos; y la tercera, lo que conocemos por plateas, que son graderías de sillones.
Sobresaliendo de los palcos volados sobre la concurrencia del patio, se ve un corredor con sillones espléndidos.
No hay palcos á nuestra manera: son corredores con escaso número de columnas y con asientos siempre formando gradas, hasta la galería, en que las gradas se apiñan hasta tocar el techo, que es de una altura sorprendente.
Esta manera de construccion, tiene, por decirlo así, montada al aire la concurrencia, comunicándole singular animacion, y completando su pompa, el lujo, la pedrería, las plumas y tocados de las damas, que ya hemos dicho que vulgarizan la magnificencia.
El techo del salon se hace admirar por sus adornos y bajo-relieves.
A los lados del palco escénico sobresalen gigantescas columnas, y entre ellas, altas puertas con profusos cortinajes de musolina, terciopelo y seda. Esos son palcos privados, generalmente ocupados por viajeros distinguidos, cortesanas deslumbradoras ó cortejos de las actrices, que en algunos teatros convierten en retretes de tertulia íntima sus palcos, y con la proteccion de las cortinas, se platica dulcemente y se toma Champaña helado.
En el centro del teatro, y suspendido del altísimo techo, se ve el candil, que tiene más de doscientas lámparas de gas y que inunda en torrentes de luz el salon.