Encapotado, taciturno, á quien mejor deberia llamarse bulto que persona.

Le cubria hasta los ojos, escurriéndose como un lienzo, un sombrero negro, de anchas alas, bajo de las cuales relumbraban los vidrios de sus anteojos verdes, ocultaba su barba y su boca tosco cachenéz de lana, mal embutido en la solapa de su paletó, que caia sobre gruesas botas de enormes suelas.

Unos guantes grises de lana forraban sus manos, haciéndolas de tamaño desproporcionado con su cuerpo.

Pero el cabello que ocultaba el disparatado sombrero y se escapaba en sutiles hebras sobre sus hombros, era de rayos de sol, y el cútis, que solia verse por entre el gollete de groseros trapos en que se embutia su cuello, tenia la tersura y la delicadeza de un cáliz de azucena.

Era evidente: tratábase de un jóven de alta distincion, que viajaba de incógnito; no se oyó su voz una sola vez; de dia estaba como clavado en su asiento, con su libro al frente, del que no despegaba los ojos. En la noche solia descender en alguna estacion; pero salia ántes que todos y volvia á su puesto primero que nadie.

En la noche, cuando todo el mundo se habia recogido, pasaba solitario horas enteras en el cuarto de fumar.

Yo, que estaba como Hércules III, deseosísimo que algo me sucediera para tener qué contar, me forjé una novela con aquel personaje desconocido: pero por más intruso que me mostré, no conseguí saber nada absolutamente.

A un amigo que nos acompañaba, y que por su desgracia sabia inglés perfectamente, le iba agobiando á preguntas sobre los sitios que recorriamos.

—Esta poblacion se llama Stockton, en memoria del célebre comodoro de ese nombre, uno de los conquistadores de California.

—Qué alegre es! y parece de importancia por sus muchos edificios, sus torres, sus plazas y el tragin que se nota.