—Quieto, Fidel, que hemos llegado á Sacramento.

Desde luego conocimos que estábamos en una poblacion de alta importancia: la capital nada ménos del poderoso Estado de California.

El gentío agolpado en la estacion era inmenso y de personas distinguidas; negreaba de sombreros, casacas y sobretodos aquel espacio; los mil vendedores de toda clase de efectos, circundaron el carruaje, los muchachos repartidores de periódicos invadieron el interior de los wagones, proclamando desaforados sus diarios.

El Sr. Iglesias recibió en el wagon la visita de las autoridades y personas notables del Estado, quienes se particularizaron en finura y atenciones.

Miéntras se verificaban esas presentaciones, Lorenzo me sacó á la plataforma, dando espalda al bullicio, y me dijo:

—Aunque sea á tiro de fusil, vea vd. el Sacramento. Este era el término del ferrocarril en 1870: desde San Francisco á Ogden solamente tiene este ferrocarril 882 millas de largo, ó sean 294 leguas, es decir, como desde México hasta cerca de Matamoros.

Vea vd. la ciudad como sobre una peana entre bosques de pinos: á esa altura llaman el Banco de Sacramento: fíjese vd. en sus emparrados y jardines; las calles son muy amplias, las plazas hermosísimas.

Los hoteles son excelentes: por aquí tiene vd. á Orleans: allí está vd. viendo el Aguila de Oro; en aquel extremo se distingue el Hotel del Capitolio.

Y no es el todo la mucha poblacion, sino la poblacion industriosa y moralizada. Sacramento tiene 18,000 habitantes solamente, y hay más energía de vida que en México comparativamente.

Serán 18 iglesias de varias religiones, hay dos orfanatorios, gas y agua por todas partes. Se publican aquí cinco periódicos.