—¡Oh! si lo tuvieran bueno, serian los hombres más enamorados del mundo, y nos dejarian poca cosa á los extranjeros. No te canses, chico, más vale así....
Ya estamos en el gran Parque central; límpiate los ojos, que éste es, con justo título, llamado el mejor ornamento de Nueva-York.
Figurémonos una extension como desde el paseo de Bucareli á Tacubaya; pero en un terreno quebrado como el de las depresiones y eminencias que ofrecen, ó el camino de Toluca, ó lo que llamamos la Cruz del Marqués, yendo á Cuernavaca.
Sobre esos valles, colinas y hondonadas cubiertas de aterciopelado césped, culebrean bajo los arbustos y los árboles, y entre flores, los senderos de la gente de á pié, y más al centro, anchas y bien terraplenadas calzadas de arena y piedrezuela de lecho de rio, por donde se deslizan los carruajes....
El terreno es en extremo desigual, y ya se percibe como una montaña coronada de árboles gigantes, ya se abren éstos para formar praderas y glorietas, ya se hunde la tierra y se salva por un puente en la altura y un camino por debajo para los pedestres.
En una ladera, siempre entre árboles, están los salones de un café magnífico; en una elevacion descuella un kiosko; bajo un tendido emparrado hay asientos y mesas; grandes fuentes en abiertas plazas; lagos cruzados por botes y barcas, donde el terreno se deprime, y escaleras atrevidas entre las rocas vivas, que conducen á cenadores voluptuosos, á sombrías estancias en que bajo doseles de sombra, hay estatuas que inmortalizan las glorias del talento y la virtud.
Hay momentos en que por donde quiera que se vuelven los ojos, tiene nuevas seducciones el ánimo.
El arte ha seguido cuidadoso á la naturaleza, y sobre su hermosura salvaje ha derramado sus tesoros.
A la vez que giran los carruajes en las calzadas, parvadas de niños corren en los verdes prados, con algazara festiva, conduciendo sus carretelitas, volando sobre sus velocípedos y sus carritos.