Consta la escuela de dos pisos. En el primero está la primera enseñanza; en el segundo la superior.

Llegamos á las nueve. En una espaciosa sala, en bancas paralelas, cada una con capacidad para seis niños, habia como quinientos educandos, desde seis á diez años.

En la cabecera, en amplia plataforma, con su mesa circuida de elegante barandal, se veia la directora, matrona elegante y modesta, de treinta y tantos años. No es fácil describir la majestad y dulzura de aquella señora.

Al pié de la plataforma está el piano y á su izquierda la jóven, bellísima por cierto, que dirige las operaciones de los niños.

Los movimientos de los alumnos se hacen al compás del piano, que toca marchas y canciones, recuerdos de las glorias nacionales; en los movimientos se busca la regularidad, el órden, la disciplina, sin degenerar en parodias militares que convierten en pedantes á los niños y hacen que sus marchas se vuelvan retozo.

Distribuidos los niños, preludió la música el himno matutino, implorando la gracia para sus trabajos y dirigiendo preces por la familia y por la patria. Aquel acto me conmovió hondamente. México estaba palpitando dentro de mi corazon.

La directora hizo una breve lectura de la Biblia, y despues se oyó una especie de murmullo dulce, dulcísimo. Los niños sentados, con los ojos bajos y las manos juntas, rezaban el "Pan nuestro."

La preceptora dió fin á la oracion y siguieron al compás de la música algunos ejercicios calisténicos de manos y cabeza, muy divertidos: las mil manecitas blancas se agitaban como alas sobre sus cabezas, se unian, palmoteaban y volvian á la altura como parvadas de palomas.

En seguida cantaron una cancion, que de éstas hay muchas, poniendo en caricatura á un chico perezoso que retardaba su entrada en la escuela, por venir silbando y jugando por la calle: en la cancion se silba y se hacen las contorsiones del muchacho. Resplandecia la alegría cuando concluyó la cancion, y en ordenadas evoluciones, al són de la música, se dirigieron los niños á sus secciones.

Dia á dia en la marcha se hace la distincion de los más y ménos adelantados, de suerte que el desfile es una revista de estímulo y correccion de lo más benéfica. Las bancas del salon son de palo con piés de fierro, que se pueden reducir á cortas proporciones y empacarse.