Frente al mostrador hay sus estantes y junto á ellos sillas para las visitas, que nunca faltan.
Pero, como la mayor parte de las boticas, la de Mr. Shiels es un refugio, una guía, un ómnibus, en que se satisfacen todas las dudas y se provee á todas las necesidades.
¿Se quieren informes sobre cualquier casa, cualquier banco, cualquier establecimiento? Pues Mr. Shiels, como los otros boticarios, tiene su gran directorio, y no hay más que irlo á consultar, sin pedir licencia y sin que nadie lo tenga á mal.
Drogas, mercería, cepillos, sobres de carta, sellos, menjurjes, aceites, medicinas patentadas, todo lo vende mi amigo, todo lo sabe y á todos sirve con puntualidad de cronómetro y con calma imperturbable.
Frenton, ojos azules, roma nariz, boca recogida, ancho y bien conformado: bajo el aspecto glacial de Mr. Shiels, existe uno de los corazones más nobles que yo haya conocido jamás.
Posee Mr. Shiels cinco ó seis idiomas con extraña perfeccion, y esto contribuye á hacer numerosísima su clientela.
Las muchas visitas en nada embarazan sus trabajos; él los prosigue sin cuidarse de los que hablan ni lo que dicen, á no ser que se le interpele, en cuyo caso se encuentra siempre al hombre instruido y caballeroso.
Yo concurrí por primera vez á su botica, hojeé el Diccionario, tomé soda, compré un lápiz y escribí por vía de tarjeta los siguientes versos, que dejé sobre el mostrador:
EN LA BOTICA DE M. SHIELS
BROADWAY 896.
Cuando una mosca nos pica