—¿Qué ocurre? preguntó Octavio, volviendo el rostro.

—Perdone, señor conde, respondió respetuosamente el criado; pero ahí fuera está un hombre que desea hablar con vuecencia.

—¿A estas horas? profirió Octavio con extrañeza; es imposible: ¿apenas llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva mañana; ahora es demasiado tarde.

—Ya se lo he manifestado, señor conde, y me ha contestado que mañana sería inútil que se viese con vuecencia.

—¡Es extraordinario! ¿qué clase de individuo es ése?

—Un sacerdote, señor conde, y ha añadido que lo que tiene que comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba encarecidamente que vuecencia le recibiese.

Octavio, por demás cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la hicieran a hora tan avanzada, se arregló el traje y se encaminó al salón, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio del salón le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los hombros, dándole un aspecto venerable, completado por la expresión de bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El conde, al verle, le saludó respetuosamente y con el gesto le invitó a que se sentase.

—Dispénseme V., señor conde, respondió el sacerdote inclinándose y permaneciendo en pie. Soy capellán de la cárcel y... ¿V. habrá sin duda oído hablar de la captura de ciertos malhechores?

—Sí, señor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular.

—Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a que les condenó la justicia humana, y el más culpado de todos, su jefe, debe ser ejecutado a su vez mañana al salir el sol.