—¿Está V. preparado?
—Antes de medir nuestras armas, respondió el guerrillero, levantándose, quiero dirigirle dos preguntas.
—Diga V.
—¿El duelo que vamos a efectuar será a muerte?
—Ahí tiene V. la prueba, respondió el aventurero quitándose la carátula y arrojándola lejos de sí.
—Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea yo.
—Déjese V. de suposiciones; morirá V.
—Admitido, replicó con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este caso ¿me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle?
—Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme está en mi mano hacerlo.
—Está; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario.