Era verdaderamente un duelo a muerte.

Don Felipe poseía, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible; muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo del acero y sintió la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente en las carnes; pero más impasible que el guerrillero, dejaba que éste se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe.

Varías veces y rendidos de fatiga se habían los duelistas detenido de común acuerdo para embestirse luego con nueva furia.

La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se habían inferido el guerrillero y don Jaime, y corría por el suelo.

De improviso don Felipe se replegó sobre sí mismo y saltó hacia adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se tambaleó, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de don Jaime desapareció por entero en su pecho.

El desventurado exhaló un apagado suspiro, arrojó una bocanada de sangre y cayó en tierra cual pedazo de plomo.

Don Jaime se inclinó hasta él; estaba muerto: la hoja del cuchillo le había partido el corazón.

—¡Infeliz! murmuró el aventurero; pero él lo quiso.

En pronunciando este lacónico responso, don Jaime registró el dolmán y las calzoneras de Irzabal, se apoderó de todos los papeles de éste, luego tomó otra vez sus revólveres, se puso nuevamente la carátula, y embozándose como pudo en su desgarrada capa, atravesó el seto sin ser visto por el centinela que permanecía ante la puerta del rancho, y una vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imitó el silbo del búho.

Casi al punto apareció López conduciendo los dos caballos.