Don Jaime comprendió que correspondía a él dar un nuevo sesgo a la conversación. Así es que preguntó:
—¿Y los prisioneros?
—Por este lado todo está en orden; a Dios gracias nada tienen que temer por su seguridad personal. También les autoricé para que fuesen a ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad.
—Más vale así, mi general; le confieso a V. que por un instante temí por ellos.
—Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramón, le digo a V. que más temí y o todavía, porque en este asunto peligraba mi honor.
—Dice V. bien; pero vamos a ver, ¿tiene V. algún nuevo proyecto?
Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y levantó una a una las cortinas para asegurarse de que nadie podía escucharle; luego se sentó nuevamente al lado de don Jaime, y dijo:
—Sí, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van a quedar quebrantados para siempre más.
—Dios quiera que triunfe V.
—Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el ánimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quizá me sonría otra vez la fortuna.