Corto fue el relato de Raimbaut: nada absolutamente le había pasado sino recibir por conducto de un desconocido una orden de su amo para que en vez de continuar su viaje hasta Méjico se hiciese conducir al Arenal, como así lo había efectuado.

El conde, que vio era cierto lo que el aventurero le dijera, despidió a su ayuda de cámara, se arrellanó en una butaca y abrió un libro; pero a no tardar y apoderándose de él el sueño, se durmió.

A eso de las cuatro de la tarde y en el preciso instante en que el conde se despertaba, Raimbaut entró en el dormitorio de éste y le anunció que don Andrés de la Cruz le estaba aguardando para comer.

El conde dirigió una mirada a su tocado y precedido de Raimbaut, que le servía de guía, se encaminó hacia el comedor.


[VI]

POR LA VENTANA

El comedor de la hacienda del Arenal, espacioso y largo, recibía luz por ventanas ojivales de pintadas vidrieras, sus paredes estaban cubiertas de ensambladuras de roble ennegrecido por los años, que le daban el aspecto de un refectorio de Cartujos del siglo XV, y en medio de él había una gran mesa en forma de herradura, rodeada de bancos excepto en la testera.

Al penetrar el conde del Saulay en la mencionada pieza, casi todos los comensales, unos veinticinco, se encontraban ya reunidos en ella.

Don Andrés, al igual que muchos de los grandes propietarios mejicanos, había conservado en sus posesiones la costumbre de hacer comer con él a sus criados.