Acostumbrado como estaba a vivir en medio de la comodidad y de la elegancia y a las relaciones de la sociedad parisiense, tan saturadas de buen gusto y de aticismo, el conde del Saulay necesitó algunos días para familiarizarse con la existencia triste, monótona y estrecha de la hacienda del Arenal.
No obstante la afectuosa acogida que le había dispensado don Andrés de la Cruz y de las atenciones de que éste le rodeaba incesantemente, el joven no tardó en advertir que su anfitrión era el único que de la familia le miraba con buenos ojos.
Doña Dolores, muy cortés para con él y aun bondadosa en sus relaciones cotidianas o cuando el acaso les reunía, parecía sentirse mortificada en su presencia y apartar todas las ocasiones de hablar a solas. La doncella, tan pronto advertía que su padre o su hermano se salían del aposento donde se encontraban en compañía del conde, interrumpía de improviso la conversación, murmuraba, sonrojándose, alguna excusa y se alejaba, o más bien desaparecía volando, con la ligereza y rapidez de un pájaro, y sin más cumplidos dejaba solo a Luis.
Semejante conducta por parte de una doncella a la que estaba prometido desde la infancia, por quien había cruzado el océano casi contra su voluntad y solamente para honrar la palabra empeñada en su nombre por su familia, era realmente para mortificar a un hombre como el conde del Saulay, a quien su belleza física, su talento y su fortuna no le tenían de ningún modo acostumbrado hasta entonces a verse tratado con tanto desapego y desdén por las damas.
Poco inclinado ya de suyo al matrimonio que su familia quería imponerle y lo más mínimo enamorado de su prima, a quien apenas se había tomado el trabajo de mirar, y a la que, a causa de su indiferencia, estaba tentado a calificar de necia, el conde se hubiera conformado con la repugnancia que la joven parecía experimentar hacia él y aun consolado y felicitado por la ruptura del matrimonio proyectado, si en este negocio no hubiese estado comprometido su amor propio de un modo para él sobrado ofensivo.
Por mucho que fuese el desapego que sintiese por doña Dolores, al conde le humillaban el poco efecto que su porte, sus modales y su boato habían producido en la joven y el modo frío y desdeñoso con que ésta escuchara sus cumplidos y recibido sus regalos.
No obstante anhelar sinceramente que no se llevase a efecto una boda que por mil razones le tenía disgustado, Luis deseaba que sin partir positivamente de él, la ruptura tampoco partiese abiertamente de la joven, y que al mismo tiempo que se retiraba con los honores de la guerra, las circunstancias se presentasen lo bastante propicias para que la que debía ser su esposa sintiese su partida.
Descontento de sí mismo y de cuantos le rodeaban, sintiendo que se encontraba en una situación falsa que era probable iba a convertirse en ridícula dentro de poco, el conde determinó salir de ella lo más antes posible; pero antes de provocar una explicación franca y decisiva por parte de don Andrés de la Cruz, que parecía no sospechar lo más mínimo lo que estaba ocurriendo, el joven determinó saber positivamente a qué atenerse respecto de su prometida; y es que con la fatuidad propia de todos los hombres acostumbrados a no hallar oposición, estaba íntimamente convencido de que era imposible que doña Dolores no le hubiese amado si de su corazón no se hubiese ya apoderado otro hombre.
Tomado que hubo esta resolución y firme en ella, el conde, que por otra parte no sabía como matar el tiempo en la hacienda, se puso a espiar los pasos de la joven, resuelto, una vez adquirida la certidumbre, a retirarse y a tomar sin pérdida de tiempo la vuelta de Francia, a la que cada día encontraba más a faltar y de la que se arrepentía haber salido tan inopinadamente para venir a correr a dos mil leguas de ella un lance tan humillador.
Ya hemos hecho observar que doña Dolores, no obstante su indiferencia para con el conde, se creía obligada a mostrarse si no tan amable como hubiera deseado, a lo menos conforme, cortés y cumplida; ejemplo que don Melchor su hermano se dispensaba de imitar, ya que trataba al huésped de su padre con una indiferencia tal y tan estudiada, que forzosamente el conde tenía que advertirla, aun cuando éste desdeñase darse por entendido y simulase tomar los modales groseros, ofensivos y aun brutales del joven cual sí estuviesen muy en consonancia con las costumbres de la tierra.