—Antes de tomar una resolución definitiva, dijo para sí el conde, quiero celebrar una conferencia con ella; no la amo, es cierto, pero mi honor me exige que le dé a conocer que no soy un necio y que todo lo sé. Hoy mismo voy a solicitar de ella una entrevista.
Más tranquilo, después de haber tomado esta determinación, el conde se durmió, y al despertar vio al pie de su cama a Raimbaut, con un papel en la mano.
—¿Qué hay? preguntó el joven a su ayuda de cámara.
—Traigo una carta para el señor conde, respondió éste.
—¿Serán noticias de Francia? profirió Luis.
—No lo creo, dijo Raimbaut; esta carta se la dio a Lanza una de las doncellas de doña Dolores de la Cruz para que se la entregaran a usted tan pronto como se despertase.
Realmente la mencionada carta era de la hija de don Andrés, y no contenía sino las contadas líneas siguientes, escritas en carácter de letra elegante y un poco trémulo:
«Doña Dolores de la Cruz ruega encarecidamente al señor don Luis del Saulay se sirva concederle una entrevista particular para tratar de un asunto de gran importancia, hoy, a las tres de la tarde, hora en que la misma le aguardará en sus habitaciones.»
—Ahora sí que me quedo del todo a oscuras, dijo el conde.
Y tras un instante de reflexión, añadió: