Ruperto, el más bribón de los tres, fue quien primero recobró su sangre fría, y reflexionando que el individuo que les había causado tanto susto se hallaba solo, y que por lo tanto no podía tener la fuerza de su parte, se adelantó con resolución hacia él y le dijo brutalmente:
—¡Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que le sucede, sino también el castigo que vamos a imponerle ahora mismo.
El joven se enderezó como si le hubiese picado una serpiente, y lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo:
—¡Calle! ¿Es a mí a quien habla V. de ese modo?
—¿Pues a quién ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien sentía cierta inquietud por la manera en que había sido acogida su interpelación.
—¡Ah! dijo únicamente el Jaguar, y sin añadir una palabra se adelantó con lento paso hacia Ruperto, a quien mantenía inmóvil con su mirada fascinadora, y que le veía llegar con un espanto que iba creciendo por instantes.
Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo.
Esta escena, tan sencilla en la apariencia, debía tener, sin embargo, una significación terrible para los circunstantes, porque todos los pechos estaban anhelosos, todas las frentes pálidas.
El Jaguar, con el rostro lívido, las facciones crispadas, los ojos inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelantó el brazo para coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento más leve para librarse de aquella presión que, sin embargo, sabía que debía ser mortal.
De improviso Carmela saltó como una corza asustada, y se arrojó entre los dos hombres.