El Zorro-Azul observó muy luego que su suposición era errónea, que había atribuido a su enemigo mucha más astucia y sagacidad de la que en realidad poseía; y que donde creyó ver un ardid en extremo complicado, con el objeto de engañarle, no existía en realidad sino lo que desde luego había visto, es decir, únicamente el paso de un hombre.

El indio, después de haber estado mucho tiempo vacilando y tergiversando, se decidió por fin a continuar avanzando y a seguir lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardaría en descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tenía que habérselas con gentes sumamente ladinas, aumentó su prudencia y su precaución, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino cuando creía estar seguro de que no tenía que temer sorpresa alguna.

Este manejo duró bastante tiempo. Hacía cerca de dos horas que se había separado de sus compañeros cuando de improviso se encontró en la errada de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba más que un cortinaje de hojarasca.

El indio se detuvo, se incorporó muy despacio, apartó las ramas a derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada sin que le descubriesen, y miró.

En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas, producidas unas veces por la caída de árboles que se mueren de viejos y son materialmente deshechos por la acción del tiempo; y otras por árboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus orillas se veían profundamente impresas las pisadas de las fieras, de las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados.

Un magnífico roble, cuya espléndida copa daba sombra a toda la explanada, se alzaba próximamente en el centro de esta. Al pie de aquel gigantesco huésped de los bosques había dos hombres.

El primero, vestido con un hábito de fraile, estaba tendido en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el segundo, arrodillado junto a él, parecía que le prodigaba los cuidados más solícitos.

Merced a la posición que el piel roja ocupaba, le fue fácil distinguir las facciones de este último personaje, que se hallaba en frente de él.

Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante, que sin duda por lo mucho que habría estado a la intemperie, según toda probabilidad, había adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caía sobre el pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera también blanca, que se extendía en desorden por sus hombros; vestía el traje de los partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un sombrero de vicuña, guarnecido con una redecilla de oro, cubría su cabeza; un zarapé le servía de capote, y su pantalón de pana de color de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante que le subían hasta la rodilla.

Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones sombrías y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un fuego sombrío y una expresión extraviada, revelaban que había llegado a una vejez avanzada, ninguna señal de decrepitud se descubría en toda su persona; su estatura parecía que no había perdido ni una sola pulgada de altura, tanto era lo derecho que aún se mantenía su cuerpo; sus miembros nudosos, provistos de músculos duros como cuerdas, parecía que se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen, tenía toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista debía ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido cuarenta años.