—Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido.
—No soy hermano de V., fraile, exclamó el desconocido con tono burlón; yo soy un hereje, un gringo, como a VV. les gusta llamarnos; míreme V. bien, que no me ha examinado con cuidado: ¿no tengo yo cuernos en la cabeza y pies de macho cabrío?
Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el fraile se quedó cortado durante un momento.
—¿Quién es V.? le preguntó por fin con cierto temor secreto.
—¿Qué le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno presagiaba; el diablo quizás.
El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santiguó repetidas veces balbuceando:
—¡Dios me libre de haber caído en manos del espíritu del mal!
—Vamos, ¡loco! tranquilícese V., repuso el desconocido encogiéndose de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V., quizás un poco menos hipócrita, y he ahí toda la diferencia.
—¿Dice V. la verdad? ¿Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto a serme útil?
—¿Quién puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una sonrisa enigmática; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido motivo para quejarse de mí.