Los flamantes asados y algunos puñados de pennekann (carne picada y reducida a polvo) constituyeron la cena de los aventureros, cena muy sobria, regada tan solo con agua del río; pero que comieron con buen apetito y como hombres que saben apreciar el valor de los manjares que les depara la Providencia, sean los que quieran.
Cuando hubieron comido el último bocado, el canadiense partió fraternalmente su provisión de tabaco con su nuevo compañero, y encendió su pipa india, que saboreó como un verdadero aficionado, ejemplo seguido concienzudamente por Quoniam.
—Ahora, dijo Tranquilo, bueno será que sepa V. que un antiguo amigo mío hará como tres meses que me dio una cita para este sitio. Es un jefe indio, y debe llegar aquí mañana al amanecer. Aunque es muy joven, ya goza de gran nombradía en su tribu. Le quiero como a un hermano, y casi puede decirse que nos hemos criado juntos. Me alegraré de ver que simpatice con V. Es un hombre entendido y experimentado, para quien la vida del desierto no tiene secretos. La amistad de un jefe indio es cosa preciosa para un cazador de los bosques; piense V. en eso. Por lo demás, estoy convencido de que convendrá V. en ello al primer golpe de vista.
—Haré todo lo que sea necesario para conseguir su amistad. Basta que ese jefe sea amigo de V. para que yo desee que lo sea mío también. Hasta ahora, aunque como esclavo fugitivo he vagado durante mucho tiempo por los bosques, todavía no he visto nunca a un indio independiente; así pues, es muy posible que, contra mi voluntad, cometa alguna torpeza. Crea V., sin embargo, que no será por culpa mía.
—Estoy convencido de ello; tranquilícese V. respecto de eso: advertiré al jefe, quien creo que quedará tan sorprendido como V., porque supongo que V. será el primer negro a quien haya encontrado en toda su vida. Ea, ya ha anochecido por completo; debe V. estar cansado por la obstinada persecución que ha sufrido durante todo el día y por las emociones fuertes que ha experimentado; duerma V., que yo velaré por los dos, pues mañana, probablemente, tendremos que hacer una marcha muy larga, es preciso que esté V. ágil y dispuesto.
El negro comprendió lo justas que eran las observaciones de su amigo, con tanto más motivo, cuanto que estaba abrumado de cansancio; los sabuesos de su antiguo amo le habían perseguido tan de cerca, que en las cuatro últimas noches no había podido dormir. Así pues, prescindiendo de toda vergüenza mal entendida, se tendió en el suelo con los pies junto al fuego, y se durmió casi al momento.
Tranquilo permaneció sentado sobre la piragua, con su rifle entre las piernas, a fin de estar dispuesto para cualquier alarma, y quedó sumido en profundas reflexiones, al paso que vigilaba con el mayor cuidado los alrededores y prestaba atento oído al ruido más leve.
[1] Nada hay que nos parezca tan ridículo como ese lenguaje extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer lugar, tiene la desventaja de hacer más lenta la narración, y que además es falso, doble razón que nos induce a no emplearle aquí, aunque en concepto de algunos perjudique al colorido local. (N. del A.).