Este ruido se acercaba cada vez más: eran patadas secas, fuertes y apresuradas, estremecimientos y roces de árboles y de ramas, mugidos sordos que parecían sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable, espantoso, indefinible, que, acercándose ya bastante, resonaba como el ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir una inundación.
Quoniam, que había despertado sobresaltado por aquel tumulto singular, estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador, dispuesto a obrar a la primera señal, aunque sin adivinar lo que pasaba, con la imaginación embotada todavía por la pesadez del sueño, y poseído de ese terror instintivo que se apodera del hombre más valiente cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido.
Así trascurrieron algunos minutos.
—¿Qué haremos? murmuró Tranquilo con vacilación, procurando, aunque inútilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y adivinar lo que ocurría.
De pronto resonó a corta distancia un silbido agudo.
—¡Ah! exclamó Tranquilo haciendo un movimiento de alegría y alzando súbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qué atenerme.
Y llevándose los dedos a la boca, imitó el grito de la garza. En el mismo instante se precipitó un hombre fuera de la selva, y dando dos saltos de tigre llegó junto al cazador.
—¡Ooah! exclamó; ¿Qué hace aquí mi hermano?
Aquel hombre era el Ciervo-Negro.
—Le estaba a V. aguardando, jefe, respondió el canadiense.