—¡Alerta! gritó el cazador. Quoniam, recoja V. toda la leña seca que pueda, y véngase acá; jefe, haga V. lo mismo.

Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la sangre fría de su compañero.

En pocos momentos quedó amontonada sobre los árboles derribados una cantidad considerable de leña seca.

—¡Bueno! gritó el cazador; ¡Vive Dios! Aún no se ha perdido todo: ¡buen ánimo!

Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre que había encendido en su campamento para combatir el frío de la noche, atizó y avivó el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco minutos una ancha llamarada se alzó oscilando hacia el cielo, y formó una cortina espesa y de más de diez metros de extensión.

—¡En retirada! ¡En retirada! exclamó el cazador; ¡Seguidme!

El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de él.

El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de árboles de que hemos hablado, trepó al más corpulento con sin igual destreza y agilidad, y muy luego sus compañeros y él se encontraron encaramados a cincuenta metros de altura, cómodamente establecidos sobre fuertes ramas, y ocultos por completo entre las hojas.

—Así, dijo el canadiense con la mayor sangre fría; éste es nuestro último recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes, nos salvamos; si no, no nos quedará más remedio que morir. Pero al menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas.

El fuego encendido por el cazador había tomado proporciones gigantescas; se había ido extendiendo, inflamando las yerbas y los arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder incendiarla, muy luego formó una cortina de llamas de cerca de un cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos teñían a lo lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente y salvaje.