—Pensaba—le contesté—en la Venta de los Gatos, y revolvía aquí, dentro de la imaginación, todos los agradables recuerdos que guardo de una tarde que estuve en San Jerónimo... En este instante concluía una historia que dejé empezada allí, y la concluía tan á mi gusto, que creo no puede tener otro final que el que yo le he hecho. Y á propósito de la Venta de los Gatos—proseguí, dirigiéndome á mi amigo,—¿cuándo nos vamos allí una tarde á merendar y á tener un rato de jarana?
—¡Un rato de jarana!—exclamó mi interlocutor, con una expresión de asombro que yo no acertaba á explicarme entonces;—¡un rato de jarana! Pues digo que el sitio es aparente para el caso.
—¿Y por qué no?—le repliqué admirándome á mi vez de sus admiraciones.
—La razón es muy sencilla—me dijo por último;—porque á cien pasos de la venta han hecho el nuevo cementerio.
Entonces fuí yo el que lo miré con ojos asombrados, y permanecí algunos instantes en silencio antes de añadir una sola palabra.
Volvimos á la ciudad, y pasó aquel día, y pasaron algunos otros más, sin que yo pudiese desechar del todo la impresión que me había causado una noticia tan inesperada. Por más vueltas que le daba, mi historia de la muchacha morena no tenía ya fin, pues el inventado no podía concebirlo, antojándoseme inverosímil un cuadro de felicidad y alegría con un cementerio por fondo.
Una tarde, resuelto á salir de dudas, pretexté una ligera indisposición para no acompañar á mi amigo en nuestros acostumbrados paseos, y emprendí solo el camino de la venta. Cuando dejé á mis espaldas la Macarena y su pintoresco arrabal, y comencé á cruzar por un estrecho sendero aquel laberinto de huertas, ya me parecía advertir algo extraño en cuanto me rodeaba.
Bien fuese que la tarde estaba un poco encapotada, bien que la disposición de mi ánimo me inclinaba á las ideas melancólicas, lo cierto es que sentí frío y tristeza, y noté un silencio que me recordaba la completa soledad, como el sueño recuerda la muerte.
Anduve un rato sin detenerme, acabé de cruzar las huertas para abreviar la distancia, y entré en el camino de San Lázaro, desde donde ya se divisa en lontananza el convento de San Jerónimo.
Tal vez será una ilusión; pero á mí me parece que por el camino que pasan los muertos, hasta los árboles y las hierbas toman al cabo un color diferente. Por lo menos allí se me antojó que faltaban tonos calurosos y armónicos, frescura en la arboleda, ambiente en el espacio y luz en el terreno. El paisaje era monótono, las figuras negras y aisladas.