—No es esto decir que yo le tenga miedo á la bruja, pues de los míos sólo á mi hermana la mayor, al pequeñico y á mi padre puede hacerles mal.
—¡Calle! ¿y en qué consiste el privilegio?
—En que al echarnos el agua no se equivocó el cura ni dejó olvidada ninguna palabra del credo.
—¿Y eso se lo has ido tú á preguntar al cura tal vez?
—¡Quiá! No, señor: el cura no se acordaría. Se lo hemos preguntado á un cedazo.
—Que es el que debe saberlo... No me parece mal. ¿Y cómo se entra en conversación con un cedazo? Porque eso debe de ser curioso.
—Verá usted... después de las doce de la noche, pues las brujas, que lo quisieran impedir no tienen poder sino desde las ocho hasta esa hora, se toma el cedazo, se hacen sobre él tres cruces con la mano izquierda, y suspendiéndole en el aire, cogido por el aro con las puntas de unas tijeras, se le pregunta. Si se ha olvidado alguna palabra del credo, da vueltas por sí solo, y si no, se está quietico, quietico, como la hoja en el árbol cuando no se mueve una paja de aire.
—¿Según eso, tú estás completamente tranquila de que no han de embrujarte?
—Lo que es por mí, completamente; pero sin embargo, mirando por los de la casa, cuido siempre de hacer antes de dormirme una cruz en el hogar con las tenazas para que no entren por la chimenea, y tampoco se me olvida poner la escoba en la puerta con el palo en el suelo.
—¡Ah! vamos; ¿con que la escoba que encuentro algunas mañanas á la puerta de mi habitación con las palmas hacia arriba y que me ha hecho pensar que era uno de tus frecuentes olvidos, no estaba allí sin su misterio? Pero se me ocurre preguntar una cosa: si ya mataron á la bruja y, una vez muerta, su alma no puede salir del precipicio donde por permisión divina anda penando, ¿contra quién tomas esas precauciones?