Estas palabras tan naturales en los que imploran la caridad pública, que son como una fórmula consagrada por el tiempo y la costumbre, en aquella ocasión, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos ojillos verdes y pequeños parecían reir con una expresión diabólica, mientras el labio articulaba su acento más plañidero y lastimoso, sonaron en el oído de Dorotea como un sarcasmo horrible, trayéndole á la memoria las magníficas promesas para más allá de la muerte con que mosén Gil solía responder á sus exigencias continuas. Su primer impulso fué echar enhoramala á la vieja; pero conteniéndose, por respetos á ser su casa la del cura del lugar, se limitó á volverle la espalda con un gesto de desagrado y mal humor bastante significativo. La vieja, á quien antes parecía complacer que no afligir esta repulsa, aproximóse más á la joven, y procurando dulcificar todo lo posible su voz de carraca destemplada, prosiguió de este modo, sonriendo siempre con sus ojillos verdosos, como sonreiría la serpiente que sedujo á Eva en el Paraíso:
—Hermosa niña, si no por el amor de Dios, por el tuyo propio, dame una limosna. Yo sirvo á un señor que no se limita á recompensar á los que hacen bien á los suyos en la otra vida, sino que les da en esta cuanto ambicionan. Primero te pedí por el que tú conoces; ahora torno á demandarte socorro por el que yo reverencio.
—¡Bah, bah! dejadme en paz, que no estoy de humor para oir disparates—dijo Dorotea, que juzgó loca ó chocheando á la haraposa vieja que le hablaba de un modo para ella incomprensible. Y sin volver siquiera el rostro, al despedirla tan bruscamente, hizo ademán de entrarse en el interior de la casa; pero su interlocutora, que no parecía dispuesta á ceder con tanta facilidad en su empeño, asiéndola de la saya la detuvo un instante, y tornó á decirle:
—Tú me juzgas fuera de mi juicio; pero te equivocas, porque no sólo sé bien lo que yo hablo, sino lo que tú piensas, como conozco igualmente la ocasión de tus pesares.
Y cual si su corazón fuese un libro y éste estuviera abierto ante sus ojos, repitió á la sobrina del cura, que no acertaba á volver en sí de su asombro, cuantas ideas habían pasado por su mente, al comparar su triste situación con la de las otras muchachas del pueblo.
—Mas no te apures—continuó la astuta arpía después de darle esta prueba de su maravillosa perspicacia;—no te apures: hay un señor tan poderoso como el de mosén Gil, y en cuyo nombre me he acercado á hablarte so pretexto de pedir una limosna; un señor que no sólo no exige sacrificios penosos de los que le sirven, sino que se esmera y complace en secundar todos sus deseos; alegre como un juglar, rico como todos los judíos de la tierra juntos, y sabio hasta el extremo de conocer los más ignorados secretos de la ciencia, en cuyo estudio se afanan los hombres. Las que le adoran viven en una continua zambra, tienen cuantas joyas y dijes desean, y poseen filtros de una virtud tal, que con ellos llevan á cabo cosas sobrenaturales, se hacen obedecer de los espíritus, del sol y de la luna, de los peñascos, de los montes y de las olas del mar, é infunden el amor ó el aborrecimiento en quien mejor les cuadra. Si quieres ser de los suyos, si quieres gozar de cuanto ambicionas, á muy poca costa puedes conseguirlo. Tú eres joven, tú eres hermosa, tú eres audaz, tú no has nacido para consumirte al lado de un viejo achacoso é impertinente, que al fin te dejará sola en el mundo y sumida en la miseria, merced á su caridad extravagante.
Dorotea, que al principio se prestó de mala voluntad á oir las palabras de la vieja, fué poco á poco interesándose en aquella halagüeña pintura del brillante porvenir que podía ofrecerle, y aunque sin desplegar los labios, con una mirada entre crédula y dudosa, pareció preguntarle en qué consistía lo que debiera hacer para alcanzar aquello que tanto deseaba. La vieja entonces, sacando una botija verde que traía oculta entre el harapiento delantal, le dijo:
—Mosén Gil tiene á la cabecera de su cama una pila de agua bendita de la que todas las noches, antes de acostarse, arroja algunas gotas, pronunciando una oración, por la ventana que da frente al castillo. Si sustituyes aquella agua con esta, y después de apagado el hogar dejas las tenazas envueltas en las cenizas, yo vendré á verte por la chimenea al toque de ánimas, y el señor á quien obedezco, y que en muestra de su generosidad te envía este anillo, te dará cuanto desees.
Esto diciendo le entregó la botija, no sin haberle puesto antes en el dedo de la misma mano con que la tomara un anillo de oro, con una piedra hermosa sobre toda ponderación.
La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba hacer á la vieja, permanecía aún irresoluta y más suspensa que convencida de sus razones; pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos colores supo pintarle el triunfo de su amor propio ajado, cuando al día siguiente, merced á la obediencia, lograse ir á la hoguera de la plaza vestida con un lujo desconocido, que al fin cedió á sus sugestiones, prometiendo obedecerla en un todo.