Desde aquella noche en adelante no faltaron enramadas en sus ventanas, música en sus puertas y rondadores en las esquinas. Estas rondas, estos cantares y estos ramos tuvieron el fin que era natural, y á los dos meses la sobrina del cura se casaba con uno de los mozos mejor acomodados del pueblo; el cual, para que nada faltase á su triunfo, hasta la famosa noche en que se presentó en la hoguera, había sido novio de una de aquellas vecinas que tanto la hicieron rabiar en otras ocasiones, sentándose á coser sus vestidos en el portal de la calle. Sólo el pobre mosén Gil perdió desde aquella época para siempre el latín de sus exorcismos y el trabajo de sus aspersiones. Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses, tornaron á aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron plagas sin cuento; las jóvenes del lugar se veían atacadas de enfermedades incomprensibles; los niños eran azotados por las noches en sus cunas, y los sábados, después que la campana de la iglesia dejaba oir el toque de ánimas, unas sonando panderos, otras añafiles ó castañuelas, y todas á caballo sobre sus escobas, los habitantes de Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesa como las grullas, que iban á celebrar sus endiablados ritos á la sombra de los muros y de la ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte.


Después de oir esta historia, he tenido ocasión de conocer á la tía Casca, hermana de la otra Casca famosa, cuyo trágico fin he referido á ustedes, y vástago de la dinastía de brujas de Trasmoz que comienza en la sobrina de mosén Gil y acabará no se sabe cuándo ni dónde. Por más que al decir de los revolucionarios furibundos, ha llegado la hora final de las dinastías seculares, ésta, á juzgar por el estado en que se hallan los espíritus en el país, promete prolongarse aún mucho, pues teniendo en cuenta que la que vive no será para largo en razón á su avanzada edad, ya comienza á decirse que la hija despunta en el oficio y que una netezuela tiene indudables disposiciones; tan arraigada está entre estas gentes la creencia de que de una en otra lo vienen heredando. Verdad es que, como ya creo haber dicho antes de ahora, hay aquí en todo cuanto á uno le rodea un no sé qué de agreste, misterioso y grande que impresiona profundamente el ánimo y lo predispone á creer en lo sobrenatural.

De mí puedo asegurarles que no he podido ver á la actual bruja sin sentir un estremecimiento involuntario, como si, en efecto, la colérica mirada que me lanzó observando la curiosidad impertinente con que expiaba sus acciones, hubiera podido hacerme daño. La vi hace pocos días, ya muy avanzada la tarde, y por una especie de tragaluz, al que se alcanza desde un pedrusco enorme de los que sirven de cimiento y apoyo á las casas de Trasmoz. Es alta, seca, arrugada, y no lo querrán ustedes creer, pero hasta tiene sus barbillas blancuzcas y su nariz corva, de rigor en las brujas de todas las consejas.

Estaba encogida y acurrucada junto al hogar entre un sinnúmero de trastos viejos, pucherillos, cántaros, marmitas y cacerolas de cobre, en las que la luz de la llama parecía centuplicarse con sus brillantes y fantásticos reflejos. Al calor de la lumbre hervía yo no sé qué en un cacharro, que de tiempo en tiempo removía la vieja con una cuchara. Tal vez sería un guiso de patatas para la cena; pero impresionado á su vista, y presente aún la relación que me habían hecho de sus antecesoras, no pude menos de recordar, oyendo el continuo hervidero del guiso, aquel pisto infernal, aquella horrible cosa sin nombre de las brujas del Macbeth de Shakespeare.


CARTA NOVENA

Á la señorita doña M. L. A.