Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto á brillar ante sus ojos; pero había brillado á sus pies un instante, no más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba á intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto á la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga é inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni á las caricias de su madre, ni á los consuelos de sus servidores.

—Tú eres joven, tú eres hermoso—le decía aquélla;—¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer á quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

—¡El amor!... El amor es un rayo de luna—murmuraba el joven.

—¿Por qué no os despertáis de ese letargo?—le decía uno de sus escuderos;—os vestís de hierro de pies á cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos á la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

—¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.

—¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

—¡No! ¡no!—exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial;—no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos á nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué? ¿para qué? para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco; por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.