—Porque se vió sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en el mismo día del cólera, hace poco más de un año. Al verla huérfana y desvalida, el señor deán la dió el dote para que profesase; y ya veis... ¿qué había de hacer?
—¿Y quién era ella?
—Hija del administrador del conde de C... al cual serví yo hasta su muerte.
—¿Dónde vivía?
Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de sorpresa.
Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la confusión de la mente, y reune los puntos más distantes; los relaciona entre sí de un modo maravilloso, ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí ó creí comprenderlo.
. . . . . . .
Esta fecha que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte... Digo mal; la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la puede leer, y de donde no se borrará nunca.
Algunas veces recordando estos sucesos, hoy mismo al consignarlos aquí, me he preguntado:
—Algún día en esa hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra hasta en el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su imaginación la memoria de estas fechas?