Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó á anudarse de este modo:
—Y antes que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás?—dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
—¿Por qué no?—exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento añadió:
—¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy á la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
—Sí.
—Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
—¡Se ha perdido! ¿y dónde?—preguntó Alonso incorporándose de su asiento, y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
—No sé... en el monte acaso.
—¡En el Monte de las Ánimas—murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial;—en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda: