—Buen día, señor Mathys. ¡Qué cielo tan claro! ¡Qué aire tan puro! Parece que uno se sintiera rejuvenecido, ¿verdad?

—Sí, hace buen tiempo... Buenos días—murmuró Mathys sin mirar a la campesina.

Dicho esto, acortó el paso como si quisiera quedarse más atrás.

—Perdone, señor intendente, que me atreva a hacerle una pregunta: mi respeto, mi afecto por usted son mi disculpa. Parecéis estar enfermo, pero confío que no será nada.

—No estoy enfermo—respondió Mathys refunfuñando.

—¿Quizá tendréis un disgusto o habréis sido también objeto de una injusticia?

—Sí, he tenido un disgusto y estoy incomodado. Vos, Catalina, habéis contribuído a ello más que nadie; pero quiero creer que vos, lo mismo que yo, habréis sido engañada por una falsa apariencia.

—¡Que yo soy la causa de vuestra tristeza!—exclamó la campesina con sorpresa—. ¡Imposible, señor intendente!

—¿No me ha hecho en toda ocasión elogios exagerados de la nueva aya? ¿No me habéis pintado a vuestra amiga como una mujer buena, atenta y amable? ¿No llegasteis hasta hacerme creer vos misma que estaba agradecida a mi amistad y me tenía algún afecto?

—¿Y no es así, señor?