—Yo llevé con vuestro permiso a la señorita a casa del guarda. Catalina estaba en el jardín; hice sentar a Elena en una glorieta y entré en la casa con mi amiga, para que la señorita no oyera nuestra conversación. Entonces el señor de Bergmans se deslizó al jardín por una abertura de la cerca y habló con la señorita.

—¿Y vos no sabíais que debía ir allí? ¿Y os imagináis que me vais a hacer creer eso?—exclamó la condesa.

—Creedme, señora; yo ignoraba por completo su presencia en Orsdael.

—¡Vamos, vamos! Me expresáis el deseo de ir a casa del guarda; sois bastante astuta para elegir la hora de vuestro paseo habitual para arrancarme el permiso; colocáis a Elena en el jardín para que pueda hablar con entera libertad con su cobarde adorador; éste acude allí... ¿Y todo este juego, hábilmente combinado, resulta ser ahora una mera casualidad? ¡Debéis tener una opinión muy triste de mí si esperáis engañarme con esas niñerías!

—¡Soy inocente, señora, os lo juro!

La condesa se echó a reír.

—¡Un juramento!—exclamó la condesa—. ¿Qué significa eso en los labios de una infidente descarada? ¿No os di orden de que no perdierais un solo instante de vista a Elena?

—En efecto, señora, en eso falté a vuestras órdenes. Me arrepiento sinceramente de ello; ésa es la única falta que tengo que reprocharme; y por eso es que imploro vuestro perdón.

—¡Perdón! ahora veremos. ¿Permaneció mucho tiempo Federico con Elena?

—Dos o tres minutos, señora.