—¿Por quién?

—¡Ah! ése es mi secreto.

—Os reís seguramente, Catalina. Pero es igual, acortad un poco el paso. Explicadme lo que creéis saber.

La campesina fingió asustarse de una revelación importante. Se detuvo, miró a su rededor para ver si nadie los escuchaba, y dijo con voz vacilante:

—Yo no sé si hago bien en tratar de penetrar lo que pasa en el corazón de mi amiga; pero también a vos os debo considerar y no quiero dejaros en un error que os entristece. Debéis saber que Marta tiene principios muy severos respecto de la virtud de las mujeres, y que, su corazón es todavía puro y sencillo como el de una niña de veinte años.

—¡Cómo! pretenderíais hacerme creer...

—Es muy natural, señor. Ha sido criada en un convento y no salió de él más que para casarse con un hombre viejo ya, que ella no conocía casi. Su marido murió poco tiempo después. ¿Os dais cuenta? Es como si no hubiese estado casada nunca.

—Pero eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Sed más clara; ¿adónde queréis llegar?

—Hago cuanto puedo, señor, para que adivinéis lo que no me atrevo a deciros abiertamente. Escuchad todavía un momento con paciencia, os lo ruego... Quizá ya lo hayáis olvidado; pero cuando se es joven o se conserva el corazón joven, hay momentos en la vida en que se sueña noche y día, en que la misma imagen está sin cesar ante nuestros ojos, en que se lucha en vano contra un sentimiento que se quería sofocar, pero cuyo poder nos domina con una tiranía implacable. Entonces uno se vuelve triste, y la persona cuya presencia nos impresiona es aquella a que demostramos frialdad para ocultarle el secreto de nuestra debilidad.

Catalina, a propósito, había hablado lentamente y en tono misterioso. Quería hacer impresión en el espíritu de Mathys, y despertar en su corazón, por medio de palabras ambiguas, una esperanza que fuera un obstáculo a la partida de Marta. Parecía haber ya conseguido en parte su objeto, porque una sonrisa había plegado los labios del intendente, y durante algún tiempo bajó los ojos con aire pensativo. Sin embargo, sacudió de nuevo la cabeza con desconfianza.